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El amanecer me abrazó en medio de aquella soledad y logré tomar una pequeña embarcación a la isla de Amantaní, en aquel misterioso lago.

Al llegar me hospedé en una choza de amables nativos por un precio simbólico; en aquel entonces aún no tenían las comodidades del hombre moderno, tampoco baños ni electricidad, ni siquiera tenían la menor idea de cómo se vive en las ciudades ya que tampoco existía televisión alguna, ni qué decir de policías, carreteras, y, curiosamente, tampoco vi ningún perro.

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– “No tengo tiempo para perder tiempo” – me dije, y partí esa misma noche al Lago Titicaca en Puno, ciudad del Altiplano ubicada a cuatro mil metros sobre el nivel del mar.

Llegué poco antes de la madrugada y sólo me esperaba un viento helado que me penetraba los huesos.

No había un alma por aquellas calles llenas de fango y lodo debido a lluvias torrenciales.

Me dirigí caminando al pequeño puerto de la ciudad a esperar que amaneciera; el misterio me atraía de tal manera que casí no presté atención a los escalofríos o el cansancio.

Hice una invocación y me senté quieto en un misterioso y absoluto silencio que se prolongó, siempre esperando realizar algún tipo de contacto con alguna fuerza desconocida o recibir una señal.

El frío se hizo más intenso y al cerrarme el abrigo sentí que llevaba un sobre en el bolsillo: era la carta que me había dado Lucas antes de partir.“Querido Mikael, Permíteme darte unas claves que pueden ser útiles en alguna etapa de tu búsqueda.

Hay tres tipos de conocimiento: el primero es el conocimiento religioso.

Ya por la tarde, sintiendo la falta de oxígeno, subí a solas la parte más alta y deshabitada de la isla, a cuatro mil quinientos metros de altura, y encontré el centro ceremonial de Pacha Tata, donde se celebran rituales mágicos desde hace miles de años hasta la actualidad.

Desde aquel impresionante lugar podía ver, trescientos sesenta grados alrededor, cómo las aguas turquesas de aquel lago sagrado bañaban la isla.

Desde las alturas comprobé cómo en la isla todos llevaban una vida natural, levantándose al alba y regresando a sus hogares apenas el sol empezaba a ocultarse en el horizonte debido a la falta de electricidad.

Un fuerte viento movía la noche y pude ver a la luna en cuarto creciente sobre Amantaní. No iba a parar hasta encontrar aquello que no sabía qué era y, sin embargo, buscaba.

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